Una tía abuela cerca de la muerte, un departamento sin herederos, un documental con mucho humor negro: entrevista al director Iair Said

Dice que nunca pensó que dirigiría una película. Tampoco que actuaría. Cuenta que se formó como intérprete cuando tenía 12 años, por recomendación de un psicólogo. Y que la primera vez que se ubicó detrás de una cámara lo hizo por necesidad: estaba sin trabajo y le urgía autopromocionarse. Iair Said tiene un nombre fácil de recordar y una cara a esta altura ya conocida: quien no lo haya visto en su cortometraje 9 vacunas, quizás recuerde a sus personajes Ronnie, el meritorio eterno en la serie web Eléctrica, de Esteban Menis, Roly en Guapas, o alguna de sus participaciones en publicidad.

Flora no es un canto a la vida, su primer largometraje como director, nació a partir de un llamado telefónico. “Me estoy muriendo”, le dijo un día Flora Schvartzman, su tía abuela. Las tres palabras lo perturbaron. Mezcla de documental autobiográfico, comedia negra y también de ensayo sobre la muerte, la soledad y la vejez, la película registra el último tramo de la relación entre el realizador y su tía abuela. Ambos mantienen un vínculo que se exhibe como extraño, desigual, a todas luces forzado. Flora tiene noventa años, un departamento y ningún heredero. Tampoco alguien que la acompañe durante los últimos días, meses o lo que sea que le falte para morir. En el film, Said hace lo posible para quedarse con la propiedad a pesar de que Flora ya decidió que se la dejará a un instituto de investigación de Israel.

Said empezó a filmar los encuentros con Flora mucho antes de saber que todos los fragmentos conformarían una película. “La iba filmando para tener un registro de algo. Y como venía de hacer un corto pensé en hacer un corto de esto, pero al principio se trataba de otra cosa…”, explica.

—¿Cómo fuiste tomando la forma actual?

—Hubo mucho montaje y concursos, a los que yo iba mandando y me tiraban ideas. La idea de quedarse con el departamento era algo que yo tenía desde el principio. Lo que a mí más me divierte es mostrar las miserias. A mucha gente le divertía las miserias de Flora, pero para mí ahí no había un chiste, no había una historia en reírse de ella. Ella me contaba un montón de cosas personales, re íntimas, y si la película se trataba de eso era una película de alguien riéndose de una señora, y yo traté de que no fuera eso. Quería que el malo fuera yo, que las miserias fueran las mías.

—El documental arranca con una aclaración: “El documental fue realizado sin el consentimiento de su protagonista”. Sin embargo, podemos suponer que ella sabe lo que está pasando…

—Para mí sí. No sabía que podía tener esa magnitud, pero sí, sabe que la estoy filmando todo el tiempo, me habla de la cámara… Lo que pasa es que tampoco entiende esto como cine, me parece. En un momento hablamos de cine, yo le muestro un corto mío y me dice: “Yo veía las películas de Hugo del Carril y eran otra cosa”. A ella tener una camarita no le parecía estar haciendo una película. Pero sí, era consciente de que tenía una cámara encima.

—¿Cómo manejaste la tensión entre lo documental y lo ficticio?

—Para mí hay algo en las estructuras, en la manera en que están hechas las películas, que me parece que el desafío está en romper eso un poco. ¿Qué importa si es verdad o si es mentira? ¿Qué cambia? Lo que importa es lo que le genere a alguien cuando lo ve. En un primer momento pensé en mostrarme a mí tratando de hacer una película, pero se ponía todo demasiado pretencioso y me pareció que así quedaba mucho más simple y concreto. Quizás está exacerbado algo del departamento…

—Lo que da la pauta de que es ficción.

—Generar esa duda para mí no está mal. Mucha gente me pregunta: “¿Te quedaste con el departamento?”. Y para mí no importa. Me parece bueno sembrar más dudas que certezas, y también que sea un vehículo para contar otra historia. Porque la película no se trata de un chabón queriendo quedarse con un departamento, para mí es mucho más profunda. Lo que intenté es que fuera más de la soledad, de dos personas que se cruzan, dos desconocidos que lo único que los une es un tercer familiar. Pero sí, para mí el cine tiene que proponer un mundo que no esté hecho. Por suerte en ese sentido no estoy tan contaminado, no tengo tantas referencias como para querer que mí película se parezca a tal cosa o tal otra. Conozco muy poco cine, no soy un gran cinéfilo. Me encantaría saber quién es Rohmer. No hay jactancia pero tampoco vergüenza.

—Pensás que te juega a favor.

—Y sí. Te digo una esnobeada total: nunca vi películas de Woody Allen. Y ahora no las veo porque me da miedo sentir que me copio todo de esas películas. Si lo que hago se parece a esas cosas, genial, pero no es que en primera instancia digo: “Me gustaría hacer algo parecido a eso”. Obvio que después uno se siente más afín con algunos directores, pero para mí la idea del cine tiene que ser proponer y romper. Si no, es un bodrio. Y ser más visceral: demostrar más la miseria. Yo me muestro ganando premios, para mí mi personaje tiene un nivel de ego que en general un director en sus películas no lo trata de mostrar.

—Pero que lo suele tener…

—Y sí. Pero me gustaba jugar con eso. A mí me fue bien con unos cortos que hice. Estuve en Cannes y en Abu Dabi. Yo decía: “Bueno, el camino es este”. Pero si yo creía que eso era verdad, me hubiera dado la cabeza contra la pared. Con esta película no pasó nada afuera, estuvo en algunos festivales… Y qué bueno que me pase eso. Para mí era muy complejo hacer un documental, no es lo que soñé nunca en mi vida, no quería ser ni director de cine. Pero de repente hacer un documental era como ser fiel a lo que quería estar haciendo en ese momento. No me gustan los documentales, no los veo, no me interesa hacerlos, nunca más voy a hacer un documental.

—¿Por qué?

—Porque son infinitos. Por lo menos en mi caso, cuando no estaba la historia. Estuve siete años editando con mi montajista Flor Efrón, todavía seguimos y se estrena en pocos días. Es infinito. Cuando hacés un guión también puede ser infinito, pero en un momento se cierra la historia. La mayoría del material está afuera de la película. La mayoría de las cosas era yo en cámara porque era hablado por teléfono. Y el otro material lo tenía que generar como pudiera porque era muy difícil verla a ella. En cinco años la vi pocas veces. Y en un momento me avivé de que podía generar contenido filmándome. Yo vi una película que se llama Tarnation, que si bien no era una referencia porque es mucho más oscura que la mía, me di cuenta de que era lícito filmar de esa manera, con una web cam. Usar los recursos que están al alcance para hacer cine es maravilloso. El cine no tiene por qué ser una megaproducción, pueden pasar cosas hermosas con herramientas más acotadas, solo tiene que haber algo para contar.

—¿La muerte era un tema que te preocupaba desde antes?

—Desde chico la muerte es como mi mayor miedo. Los viejos a mí me generaban mucha fascinación desde siempre, porque no entiendo cómo en un momento la vida se apaga estando vivos. Hay algo que nunca me cerró de eso en la sociedad. ¿En qué momento uno empieza a ser viejo? Y a mí me sirvió mucho para acercarme a la muerte y verla de otra manera. Para mí la muerte era algo innombrable y me acerqué como si fuera un trámite. A mí la película me ayudó un montón. Quise evitar todo el tiempo los golpes bajos y me parece que está bastante logrado eso. Naturaliza la muerte, que es lo más natural del mundo. Lo que pasa es que no estamos acostumbrados a que sea algo tan presente, lo vemos como algo imposible, que no va a pasar, pero la vida de las personas dura 70, 80 o 90 años, nadie es eterno. El chiste de la película también era un poco hacer eterna a una persona que no quería ser eterna, inmortalizar a alguien que lo único quería era morir. Flora no tenía ni un amigo, nadie, y ahora la conoce un montón de gente a través de la película, entonces es como que la vida no es estar vivo, es trascender el estado físico. Y un poco en eso pensaba cuando hacía la película. Flora es alguien que se quiere morir desde que tiene uso de razón. Lo único que quería era morirse.

—¿Desde siempre?

—Desde siempre. Ella siempre pensó la vida como algo cercano a la muerte. De hecho las cosas que tenía en la casa desde siempre tienen el envoltorio todavía. Una bruja cuando era chica le había dicho que iba a vivir hasta los 92, era un tema que ella tenía presente. Para ella la vida no valía la pena porque íbamos a morir todos.

—¿Y cómo describirías tu relación con el dinero?

—Mi deseo cuando era más chico era ser millonario, entre otras cosas. Pero también hay algo de tener miedo de no tener plata. No sé ni para qué, lo re trabajo en terapia ahora y con el tiempo lo bajé más a tierra y si alguna vez no tengo plata no pasa nada. Pero yo sentía que la plata me iba a dar una tranquilidad, que de hecho cuando tengo dinero la tengo esa tranquilidad, pero me dura poco. Porque después la ansiedad pasa por otro lado, no por tener plata o no. Pero tenés la sensación de que teniendo plata uno tendría menos problemas. Yo vengo de una familia clase media, más tirando a baja, y para mí hacer cine era una cosa imposible. Hay que tener plata para hacer cine, porque tenés que vivir de… tener plata. Porque que no podrías dedicarte a las dos cosas. Entonces es un miedo que yo tengo todo el tiempo. Dije: o soy feliz haciendo lo que me gusta y teniendo plata cada tanto o soy feliz con plata, que tampoco. Yo gané un premio muy importante afuera, de plata, 30 mil dólares en Abu Dabi con un corto. Ahí pensé: ah, bueno, pueden convivir las dos cosas. Y después, obvio, a los tres meses ya no tenía plata. Pero bueno, es que el objetivo no es tener plata. Pero bueno, hay algo de un deseo infantil que todavía me pasa.

—¿Cómo vivió tu madre el proceso? En cierto modo parece una víctima…

—Es víctima. Ella no quería saber nada ni con mi tía abuela y menos con la película. Mi mamá la odiaba a mi tía abuela desde toda la vida. Mi mamá es hija de una madre separada, y para Flora era el demonio, era súper conservadora y nunca quiso saber nada. Después empezó a pasar que para contar la historia me estaba faltando algo. Algo que existía pero que no estaba registrado. Entonces muchas veces yo trataba de grabar cosas, o muchas veces le pedía que me volviera a repetir. Después fue a doblar la película, pero hubo una resistencia de cinco años.

—¿En qué momento terminó accediendo?

—Cuando vio que era en serio. Yo ya estaba empezando a ganar premios, gane Mecenazgo, la Bienal de Arte Joven, el Glazer… Ya se estaba armando de una manera que estaba buena y ella lo vio y le gustó. Estaba muy enojada porque yo muestro una parte muy dulce de Flora y para ella no era nada dulce. “¿Por qué no hacés algo sobre alguien bueno?”, decía. Pero sí, al final lo hizo, yo también le pedí. No sé si le habrá divertido. Yo odio exponerla a mi madre, pero la necesitaba para contar la otra pata. Ella era el nexo y al final termino siendo yo el nexo entre ellas dos. Ella es la que me cuenta la información que me había contado un tiempo atrás. Lo del departamento y que estaba donado yo ya lo sabía, lo que pasa es que no tenía el material. Lo de Flora es todo improvisado. Mi mamá aparece desde el principio filmando porque ella sentía que tenía que contribuir. Ese era su aporte y yo después usé su participación a mi favor. Le gané por insistencia.

—¿Cómo impactó en el resto de la familia?

—Tengo una hermana que está en un momento del documental, pero después tuve que elegir. Ni ella quería estar ni mi mamá quería estar. Y yo si hubiese sido por mí no habría estado. Trato de intervenir lo menos posible. Todavía no entienden tanto que yo soy director de cine, cuando yo filmaba no veían lo que estaba haciendo. De hecho, a mi mamá no le gusta que la película trate de que yo quiero quedarme con el departamento. Piensa que es mentira. Pero en el fondo sí, obvio que yo quiero quedarme con su departamento, si no tiene herederos. Tiene una familia afuera de la que está peleada desde hace 40 años y de la que nunca tuvo noticias. Yo lo que hago con el documental es exacerbar un deseo que yo tenía.

—Es decir que no estás tan lejos del personaje…

—Sí, es que soy yo, ¡obvio! Está bien: nunca le hubiera parado una donación a una persona que se está por morir. Pero sí, obvio que lo quería hacer en el fondo. Lo que hice fue sobredimensionar ese deseo, si el último día Flora me decía que me dejaba el departamento yo hubiera aceptado, obvio, ¿qué me importa? Aparte, yo le devolví la vida a ella durante siete años. Sin mí, hubiera estado sola…

 

* Flora no es un canto a la vida se exhibirá en el Malba el 15 y 22 de febrero y 1° marzo a las 19 horas: Av. Figueroa Alcorta 3415 (CABA).

 

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Source: Infobae
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