Por qué Macri podría haber evitado esta crisis si explicaba mejor la herencia recibida

Ni un día con el pasado“, me dijo Jaime Durán Barba en una entrevista que le hice semanas después de que asumiera Mauricio Macri. Respondía a una pregunta que se hacían algunos analistas del “círculo rojo” con ansiedad creciente: ¿Macri va a mostrar claramente la herencia que recibió?
Aún hoy muchos analistas sostienen que no se hizo un buen trabajo con la “herencia recibida” y que eso no fue una buena idea. A la luz de la severa crisis económica que atraviesa hoy el país y las dificultades políticas que enfrenta el gobierno del presidente Macri, parece que realmente fue una muy mala idea.

Más de un entendido en temas de comunicación se agarraba la cabeza y se preguntaba cómo iba a hacer Macri sin dejar bien en claro que había heredado una economía inviable que precisaba urgentes reformas estructurales, además de un ajuste del gasto público muy severo, para que el país despegara después de casi una década de estanflación.
No hace falta revolver en los basureros del pasado“, me insistía el gurú ecuatoriano que ayudó a Macri a ganar la friolera de siete elecciones.

¿Pero no se corría el riesgo de que la opinión pública -llevada de las narices por el peronismo- se volviera refractaria a reformas y sacrificios, si se convencía de que no estábamos tan mal, después de todo?

El jefe de Gabinete, Marcos Peña, hasta le puso nombre a esa estrategia: “Modelo Ballena”. Se refería a que el billete de 200 pesos que acababa de presentar el gobierno tuvo en su primer boceto una ballena azul que salió panza arriba y suscitó las críticas de la oposición. La idea era que los medios discutiera eso, y si era bueno cambiar a Rosas por un guanaco, y así mejor no ahondar en la herencia.

A esta altura de la soiree pareciera que no hace falta explicar demasiado que el modelo de gradualismo -que incluía esa curiosa cláusula de disimulo de la herencia- no fue buena idea: el ajuste descontrolado que provocó 30 meses después la devaluación y la brutal recesión fueron crueles y ponen seriamente en duda las chances electorales de Cambiemos para 2019, que hasta fines de 2017 parecían aseguradas.

Y ese gradualismo no fue otra cosa que la inevitable consecuencia de minimizar la herencia. Si se pintaba la herencia con el debido dramatismo, la consecuencia debía ser un plan económico más urgente que hubiese evitado la crisis que hoy sufre Argentina.

Podría parecer un ejercicio masoquista, porque ya no podemos darle marcha atrás a la historia: pero es más valioso que nunca entender el daño que le hizo al país y al propio gobierno el silencio inicial sobre la herencia. Entendiendo por qué el silencio y el gradualismo fueron malas ideas se pueden elaborar nuevas estrategias comunicacionales para corregir el error. Y para poder curar a un enfermo, la clave es tener el diagnóstico correcto: podemos equivocarnos de terapia, pero si el paciente no se nos muere, podremos probar otra terapia. Con el diagnóstico equivocado, jamás habrá cura.

Un alto funcionario de Economía de aquellos días que hoy ya no tiene cargo en el gobierno de Cambiemos lo explica con estas palabras: “Necesitábamos volver al mercado para financiar el déficit. La alternativa era un ajuste inviable social y políticamente en aquel momento. Por eso nos concentramos más en las potencialidades y bondades de la Argentina que en las miserias y la herencia“, dice el funcionario que fue uno de los padres del gradualismo. “No ocultamos nada. Todas las semanas fuimos mostrando un episodio por ministerio que ilustraba la tierra arrasada que recibimos”, explica.

Otros economistas se preguntan: ¿realmente creían que los inversores no estaban al tanto de que el Estado heredado del kirchnerismo era absolutamente inviable? ¿Realmente creían que disimulando la herencia iban a llover inversiones? ¿Comprarían los inversores reales -no especuladores financieros- gato por liebre en un mercado global hiperinformado? ¿Un plan económico con reformas profundas era realmente políticamente inviable?
Con el correr de los meses, el “círculo rojo” -como denomina Durán Barba a los líderes de opinión- fue incrementando su reclamo de transparentar la herencia.

Cuando finalmente le tocó el turno al Presidente de inaugurar por primera vez las Sesiones Ordinarias del Congreso, en marzo de 2016, dedicó buena parte de su discurso a mencionar la herencia. A los pocos días, el gobierno publicó El estado del Estado, un compendio de cómo se encontraron las diversas áreas del gobierno.

El estado del Estado es un archivo PDF que hay que rastrear en la web para encontrarlo. Ni siquiera se tomaron el trabajo de imprimirlo y convertirlo en una suerte de best seller, aunque hay que admitir que en su momento los medios lo tomaron para hacer algunas notas.

Tanto el discurso inaugural de Macri como el PDF compilado por el escritor Hernán Iglesias Illa, uno de los estrategas comunicacionales del gobierno, tenían algo en común: enumeraban falencias del kirchnerismo, como las mentiras del INDEC, la deficiente infraestructura, el cepo cambiario, la deuda de los hold outs, la recesión, la inflación y las escasísimas reservas del Banco Central o la conflictividad laboral.

Pero entonces ¿por qué aún hoy tantos periodistas, empresarios y políticos -incluso de la oposición- insisten en recriminarle al gobierno no haber explicado más claramente “la herencia recibida”?

Es que el discurso de Macri y el libro en PDF tienen también en común que mostraban un montón de árboles, pero no el bosque: no explicaban claramente que la economía que dejó el kirchnerismo precisaba enormes reformas estructurales y un gran ajuste del Estado para que la Argentina se vuelva un país normal, sin inflación crónica, con una carga tributaria razonable y atractivo para las inversiones en un tiempo políticamente lógico: por ejemplo, un período de gobierno, no 20 años.

En ninguna parte del Estado del Estado se explica que el kirchnerismo tomó un estado que pesaba menos del 30% sobre el PBI, y que entregó un elefante que pesa el 45% sobre las espaldas de los argentinos: infinanciable, inviable y espantainversores.

En ningún capítulo de sus 223 páginas se explica por qué si no se desmontaba ese Estado mamut, el Estado seguiría en el mismo estado calamitoso que lo dejó el kirchnerismo. Y para desmontar ese monstruo hacían falta reformas estructurales de fondo, políticamente difíciles, que precisaban de un consenso social que solo se podía haber obtenido mostrando primero esa herencia con todo el dramatismo que permite la comunicación moderna y luego explicando los beneficios de las reformas.

Uno de tantos ejemplos del desastre que dejó el kirchnerismo que no figuran en el Estado del Estado y que por minimizarlo se volvió un insólito bumerán: el gobierno de Cambiemos terminó defendiendo a capa y espada en la Justicia la mayor mentira del INDEC intervenido por Guillermo Moreno: la falsificación del índice de precios al consumidor (IPC).

Fraguando la inflación oficial, el estado kirchnerista estafó a los tenedores de bonos con cupón CER (con índice de compensación por inflación) que se habían emitido tras la tristemente célebre pesificación asimétrica. Se les debe miles de millones de dólares. Esa deuda podría haber entrado en la gran “masa concursal” de la herencia del kirchnerismo, como los bonos de los “hold outs”, pagados en 2016.

Pero al defender el gobierno la postura de Moreno de que la “Inflación Congreso” que publicaba mes a mes la oposición del PRO, la UCR y la Coalición Cívica (hoy Cambiemos), era falsa, no solo ayudó a zafar de la cárcel al ex secretario de Comercio: el gobierno no pudo explicar coherentemente a fin de año la imprescindible reformulación del índice de actualización jubilatoria del kirchnerismo, adaptado a la mentira de la inflación del INDEC.

Resultado: no tuvo herramientas comunicacionales contundentes para evitar las protestas opositoras. La falta de claridad sobre la herencia se terminó vengando en un momento en que Macri parecía invencible, a solo dos meses de un contundente triunfo en las elecciones de medio término.

La imagen que recorrió los medios del “lanzabazookas tumbero” y una ciudadana picando la glorieta de la Plaza de los Dos Congresos para armar proyectiles en medio de violentos disturbios fueron luego suficientes para que el gobierno cambiara su agenda de Reformismo Permanente por la de igualdad de género y despenalización del aborto. De ahí a la crisis de confianza de los mercados que se desató en abril fue solo un paso. Quedó claro que no habría reformas: toda una concatenación de consecuencias nefastas originadas en el error de no explicitar mejor la herencia.

“Sinceramente, no durábamos un mes”, se defiende hoy el ex funcionario de Economía sobre la hipótesis de haber encarado la herencia con más énfasis para aplicar reformas de entrada. “Ganamos por menos de tres puntos de diferencia y éramos minoría“, sostiene.

Esa era la visión del gobierno: no iba a servir de nada convencer a la opinión pública de que el Estado heredado era inviable, por el escaso margen del triunfo y la situación de minoría.

¿Era correcto ese diagnóstico?

Por lo pronto una encuesta de Carlos Fara de los días previos a la asunción de Mauricio Macri indicaba que ya había una clara percepción de la opinión pública de que la herencia era nefasta: el 58% creía que la ex Presidente dejaba al país en una situación económicamente muy o bastante complicada, y el 64% esperaba que Macri hiciera un “fuerte ajuste económico“.

Esto no significa que la gente anhelaba sufrir un ajuste, pero para ponerlo nuevamente en términos médicos: dos tercios de los argentinos se habían bajado los pantalones a la espera de la vacuna, porque entendían que la economía estaba enferma.

No hay duda de que fue un gran alivio para todo el mundo enterarse de que podían subirse los pantalones y no solo no habría ajuste –a excepción de las tarifas de servicios públicos– sino que la fiesta del gasto público continuaría: se crearon más ministerios, el gobierno anunció la Reparación histórica para los jubilados y se amplió la Asignación Universal por Hijo a sectores discriminados que no la percibían. El Presidente bailó en el balcón de la Casa Rosada, y el perrito Balcarce posó para la instantánea sobre el Sillón de Rivadavia.

Todos esos gestos comunicaban un mensaje claro: la herencia no era un problema tan serio después de todo.

El enorme agujero fiscal se taparía con deuda, y todo se arreglaría con gradualismo. No hacía falta ofrecerle a la sociedad y la política grandes reformas ni ajustes complejos de explicar. Parafraseando a Churchill: nada de “sangre sudor y lágrimas”.

Un año después de aquella entrevista que le hice a Durán Barba y cuando se empezaba a hablar de “brotes verdes” luego de que fallara el “segundo semestre” le pregunté si no creía que el gradualismo finalmente iba a ser un camino demasiado arduo a la larga y que los argentinos eran muy impacientes.

Me dijo que “ya no se pueden hacer grandes ajustes ni sacar los tanques a la calle. Si lo hubiésemos hecho ya estaría gobernando Luis D’Elía“.

Le pregunté si no creía que se le podía explicar esa situación a la gente. “¿Explicarle a quién?” me preguntó. “¿a la sociedad, a la política….?”, le respondí. “Dame nombres, direcciones y teléfonos”, me retrucó: según el gurú electoral ecuatoriano, no había que explicar nada, porque la gente no quiere escuchar, y es un tema que solo interesa “al 4%”. O sea: solo le interesaba al “círculo rojo”.

Esa era la visión del estratega del gobierno: a nadie le interesa escuchar planes y planteos, y cualquier otra cosa que gradualismo hubiese sido un intento de represión militar con una suerte de rebelión de izquierda como reacción. Y como no había forma de explicar nada, se apostó al “gradualismo”, que a ojos vista resultó la política más riesgosa para la economía y más dolorosa para los potenciales votantes.

La “bomba fiscal” heredada no se pudo patear más para adelante. Previsiblemente, la era de tasas casi 0 terminó, y a la Argentina se le acabó el crédito a los 30 meses. El ajuste involuntario que se hizo por las malas fue cruel y desordenado. Y después de tres años es muy difícil emprender las reformas audaces que no se hicieron de entrada. Y luego de la devaluación, mucho menos aún, como lo muestra el frustrado intento de compensar retroactivamente a las empresas de gas.

¿Realmente no se podía convencer a la política y la sociedad que había que transformar a la Argentina? ¿Era correcto ese diagnóstico?

No hay duda que un gobierno en minoría en el Congreso necesita más política y más comunicación para lograr su objetivo. No cuenta con la “escribanía” que tuvo el kirchnerismo. El gobierno tuvo un claro ejemplo de cómo se trabaja la opinión pública y cómo se instalan los temas cuando decidió quitar el foco de las urgentes reformas económicas para ponerlo en el debate por la despenalización del aborto: los pro abortistas se movieron y convencieron a los diputados. Luego la Iglesia entró en acción, y movió a los antiabortistas para frenar la reforma en el Senado.

En cuestión de semanas, el debate movió a los medios, la conversación cotidiana, las encuestas, y a los políticos: así se trabaja la opinión pública y la política con comunicación cuando se está en minoría en una democracia. Fue una fantástica lección de cómo un grupo político -o un gobierno- juegan la opinión pública para lograr cambios en la política.

Quizás el mejor ejemplo que tenía Cambiemos a mano para lograr el gran cambio cultural que obligara a la política -sobre todo al sindicalismo- a aceptar cambios radicales era la ocupación aliada en la derrotada Alemania nazi. Particularmente las tropas norteamericanas obligaron a ver a todos los ciudadanos alemanes los documentales que filmaron sobre el holocausto y los campos de concentración. Buscaban aflojar la resistencia al cambio cultural. Hoy Alemania es la democracia más estable y pujante de Europa.

¿Está todo perdido para Cambiemos? De ninguna manera: Mauricio Macri, si aspira a su reelección, deberá explicar qué va a hacer ahora que no hizo en sus primeros cuatro años, para que Argentina no colapse económicamente cada cinco o diez años. Tendrá que explicar qué falló y en qué se equivocó y convencer a la opinión pública que entendió que se equivocó. De lo contrario será difícil resultar creíble.

Como volverá a estar en minoría, tendrá que explicar por qué esta vez sí sabrá convencer a la sociedad y la política de la urgencia de las reformas. Tendrá que ir un poco más allá que admitir que fue demasiado optimista en las metas de inflación y culpar de la devaluación sólo a una “tormenta en los mercados internacionales”.

Si lo hace con credibilidad y buena comunicación y explica cuál es el plan para corregir esos errores en su segundo mandato, tendrá buenas chances de competir por la reelección. Más aun si la economía repunta y baja la inflación antes de que la gente vote.

Pero tendrá que entender que no mostrar claramente la herencia fue un error fatal.

*El autor es Editor de la revista Imagen y conductor de La hora de Maquiavelo

Source: Infobae
Por qué Macri podría haber evitado esta crisis si explicaba mejor la herencia recibida

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