La increíble vida del vendedor ambulante que creó el mítico caramelo "Chuenga": trabajaba en las canchas, fue amigo de famosos y ganó millones: l

Chuenga con su bolsa de caramelos
Chuenga con su bolsa de caramelos

-Cuando murió Evita, mi viejo fue el único vendedor ambulante que pudo pasar y trabajar en el velorio. A los cafeteros no los dejaban porque había temor de que le pusieran algo a la gente, por eso el mate cocido lo repartía el Ejército. Pero el tipo pudo pasar sin problemas y vendió caramelos como diez días…

-Pero me imagino que en esas circunstancias no gritaría “¡chuengaáaaáaáaaááá!”.

-El tipo gritaba en todas partes. Era un personaje, además todo el mundo lo quería.

Osvaldo Pastor es el hijo de Chuenga y al hablar de su papá no disimula su admiración. Lo llama “el tipo” y a cada rato lo menciona como “un personaje”:

-Yo nunca vi nada igual. Él llegaba a un lugar y se le abrían todas las puertas. Nunca tuvo problemas para vender, en ningún lado. A todos les caía bien.

Jorge Eduardo Pastor transformó la palabra Chuenga, con mayúscula, es un nombre propio. Con minúscula, chuenga es algo así como la aproximación fonética castellana -más que castellana, argentina y más que argentina, porteña- a la expresión “chewing-gum”, que en inglés significa “goma de mascar”.

Para ser más precisos, la palabra debe sonar con una prolongación en la “a” final y con una acentuación alternada, como un canto melismático. Como lo decía Pastor: “chuengáaaaáaaaaaáaaaaáaaaaaáaaáááá”. De esta manera y en múltiples variantes parecidas.

Y Chuenga anunciaba “chuengaáaaaaáaaaáaaaáaáaaáááá” en las cancha de fútbol, en los estadios deportivos, en las carreras. Llegaba, trepaba por las tribunas y se iba rápido. De un lugar se trasladaba a otro, siempre con las bolsas llenas de caramelos, como un Papá Noel que santificaba la trascendencia popular de un escenario deportivo.

En una nota que le hicieron
En una nota que le hicieron

Su hijo nos devela algunos secretos:

-Yo lo acompañaba. Salíamos de casa con varias bolsas, dos, tres, según el día. El tipo empezaba a vender en una tribuna y yo lo esperaba afuera. Cuando terminaba, ponele en la cancha de San Lorenzo, salía… Siempre había alguno que desde un coche le gritaba “¿Adónde vas Chuenga?”. Todos le tocaban bocina. Subíamos y nos llevaban suponete a la cancha de Vélez. Y otra vez lo mismo. Por eso parecía que estaba en varios lugares al mismo tiempo. No recuerdo que hayamos tomado un colectivo nunca…

El colectivo, precisamente, tuvo algo que ver con la vida de Chuenga:

-Una vez hizo una inversión y compró la parte de un colectivo 103. Y algún otro. También puso unos pesos en una cochería fúnebre. Pero lo de él era la calle.

Su vida era la calle. Y en la calle estuvo casi 50 años:

-Empezó en 1932, en la vieja cancha de River de Alvear y Tagle, cuando debutó Bernabé Ferreyra y Cuello pasó de Tigre a River. Y trabajó hasta 1982, dos años antes de morirse. A la última cancha que lo llevé fue la de Estudiantes de Buenos Aires de CaserosYa el cuerpo no le respondía, tenía el problema de las piernas. Diabetes, circulación… Ya casi no tenía musculatura, tanto se gastó caminando, subiendo las tribunas. El tipo tenía una estabilidad increíble. Parecía un acróbata, un bailarín. Cuando llovía saltaba de un lado a otro. En la cancha de Chicago yo pensaba que se mataba. Era equilibrista…

Con el locutor Guillermo Brizuela Méndez y el actor Juan Carlos Thorry
Con el locutor Guillermo Brizuela Méndez y el actor Juan Carlos Thorry

Este cronista lo recuerda así, ágil y movedizo, saltando en las tribunas que aún eran de madera, en la cancha de San Lorenzo, en la época en la que el marchista Guillermo Weller bajaba los récords sudamericanos dando la vuelta al campo en el entretiempo de los partidos.

Chuenga llegaba rápido y parecía tener resortes en sus zapatillas. Llevaba una bolsa de la que sacaba un puñado de caramelos masticables envueltos en papel. A decir verdad, era mucho más papel que caramelo. Eran pedacitos de un caramelo duro, blanco, con vetas de color y cortado irregularmente.

El envoltorio dejaba ver la golosina en el medio, entre dos grandes orejas amariposadas de papel. Y su unidad de medida, al mismo tiempo confiable y arbitraria, era el puñado. Eso tenía un valor ignoto. Era lo mismo un puñado de diez o doce caramelos. Chuenga metía la mano en la bolsa y entregaba lo que salía, en un gesto azaroso perfectamente estudiado.

Todo el mundo fingía una protesta, reclamando un par de caramelos más y entonces el gesto se repetía, como la oferta final de la sortija del calesitero, y te daba dos o tres más. Era un juego, un rito, que ambas partes cumplían invariablemente.

Con los cracks de River Enrique Omar Sívori y Ángel Labruna
Con los cracks de River Enrique Omar Sívori y Ángel Labruna

Flaco, sonriente, algo desgarbado, hiperactivo, medio pelado, rulos sobre las orejas, Chuenga usaba unas poleras o tricotas con rayas horizontales multicolores, en las que aparecía la publicidad de algún producto comercial:

-El tipo inventó lo de la publicidad en las remeras. Fue en los 40 y pico. Y era negocio, porque aparte de la venta de los caramelos, él cobraba la publicidad. Tenía varios clientes y cada uno era exclusivo de un sweater, no ponía dos marcas en una misma prenda. Por eso salíamos de casa con seis o siete pullovers, de esos coloridos y con franjas que él usaba. Una vez pasó algo gracioso, con el contador de las Academias Oscar. Le dijo “Chuenga, te cambiaste la camiseta, te vi en la cancha…”. Pero nadie se enojaba con él, todo el mundo lo quería…

Con un grupo de atletas y su camiseta a cuadros
Con un grupo de atletas y su camiseta a cuadros

Hoy diríamos que Chuenga fue un microemprendedor. En su casa de Bilbao y Pergamino, y luego en su domicilio del pasaje Bermúdez, en Floresta, elaboraba sus caramelos.

Cuando le preguntaron la receta, el propio Chuenga no tuvo problemas en revelarla:

-Los ingredientes son glucosa, azúcar y para variar los gustos se le puede agregar cacao o esencia de naranja ¿Sabés cómo tenés que hacer? Hacés hervir la glucosa con el azúcar hasta que espese. Después ponés la masa sobre un mármol hasta que endurezca. Entonces la estirás con los dedos y con un cuchillo vas cortando los pedacitos…

Osvaldo, su hijo, con la bolsa de caramelos
Osvaldo, su hijo, con la bolsa de caramelos

Su hijo Osvaldo asegura que su papá se encargó poco tiempo de la elaboración:

-Él los habrá hecho cuando era soltero, un tiempo. Pero después los hacía su mamá. Y cuando se casó empezó a hacerlos mi vieja. Hasta yo hice caramelos. Pero mi trabajo era más que nada acompañarlo. Porque cuando yo era chico, él me llevaba a todos lados. Así lo conocí a Discépolo, en el año 51. En esa época estaba enferma Evita y la gente hacía manifestaciones, con antorchas. Y el tipo iba a todas partes, donde hubiera gente reunida él iba con la bolsa. En la esquina de Las Heras y Junín se juntaron muchas personas, porque allí vivía Discépolo. Y él salió y saludó. Y mi viejo vendía caramelos. Él vendía en todos lados, nunca vi una cosa igual… En el rugby, donde la gente no es futbolera, él vendía. En el Lawn Tenis, la gente del tenis no era de comer caramelos, y él les vendía. A todos les caía bien. Iba a las domas, donde había folklore… El tipo les vendía a los gauchos. El gaucho no te va a comer un caramelo, pero él les vendía…

Con los Globetrotters y Perón. Él a la derecha
Con los Globetrotters y Perón. Él a la derecha

En realidad, Chuenga era un vendedor innato. Y no sólo de sus masticables.

El 10 de febrero de 1946, en la cancha de River, se enfrentaron las selecciones de Argentina y Brasil, en un partido del Campeonato Sudamericano. Fue un encuentro muy violento y en una jugada el brasileño Jair Rosa Pinto le fracturó la pierna izquierda al argentino José Salomón. El escándalo fue enorme y el partido estuvo suspendido varias horas, hasta que finalmente se reanudó:

-Durante todo el tiempo que la gente tuvo que esperar que volvieran a jugar, mi papá se cansó de vender caramelos. Y cuando se acabaron los que tenía en las bolsas, salió de la cancha y encontró a un tipo con unos cajones de peras. ¡Se las compró, entró otra vez y vendió todas las peras!

El arquero de Tigre José Monjo y la camiseta a cuadros que le regaló
El arquero de Tigre José Monjo y la camiseta a cuadros que le regaló

Su relación con el fútbol incluye un episodio muy poco conocido:

-Un día, el arquero de Tigre, que se llamaba José Mojo, salió con una camiseta a cuadros. Imaginate, en esa época los arqueros sólo usaban la clásica camiseta amarilla. El árbitro se la hizo cambiar y Mojo lo vio a mi papá y se la regaló. “Tomá, es como las que usás vos…”.

Osvaldo Pastor evoca el inagotable anecdotario de su papá:

-Vendió caramelos en el cine Pueyrredón de Floresta, cuando cantó Gardel… Y también años después, en el entierro de Gardel.

Su presencia acompañó otros momentos de congoja popular, como el velatorio de Bonavena, en el Luna Park.

Es que donde había gente, estaba Chuenga, cualquiera fuese el sentido del acontecimiento. Tanto podía ser un episodio de euforia deportiva o los masivos actos de fe, como las peregrinaciones a Luján o las concentraciones de los fieles de San Cayetano.

Con Pedro Quartucci, actor y ex boxeador
Con Pedro Quartucci, actor y ex boxeador

Su popularidad fue inmensa. El dibujante Héctor Rodríguez lo incluía semanalmente en su página humorística de la revista Mundo Deportivo. Y el poeta Mario Jorge de Lellis lo inmortalizó con un poema que empieza diciendo: “Uno sabe el color bandera sueca / desarrancado gol grito del hincha / vocación de este Boca, boca llena / tictac de historia de tablones chuenga a chuenga…”

¿Ganó plata Chuenga? ¿Es cierto que se hizo millonario con sus caramelos? ¿Vendió la fórmula y la marca?

Su hijo lo cuenta así:

-Sí, era negocio. Porque todo lo hacíamos nosotros y lo vendía él. Y el dinero quedaba en casa. Además, la plata tenía otro valor. Él podría haber comprado veinte departamentos… pero le gustaba la calle. Mirá, en el año 64 la empresa Café Richmond le propuso “vas a ganar guita sin trabajar”. Y el tipo vendió. Hicieron un contrato por tantos años y gastaron un dineral en publicidad en la calle. ¿Sabés qué hicieron? Pusieron vendedores en las tribunas. Tipos que vendían los caramelos. Un gastadero de plata. Pero fracasó, porque la gente no les compraba. La gente estaba acostumbrada a comprarle a él…

Con Ringo Bonavena
Con Ringo Bonavena

A los tres años el contrato se anuló:

-Después Bonafide también se lo quiso comprar, pero la cosa no caminaba si no lo vendía él.

Parecía imposible separar al producto de su creador. El chuenga masticable estaba unido al Chuenga que vendía de a puñados:

-A mí me dijo el fundador de los alfajores Guaymallen, Ulpiano Fernández, en su vieja fábrica de la calle Boyacá “lástima que tu viejo no industrializó al caramelo… cuando él era tan popular yo recién empezaba, hubiéramos hecho grandes cosas”.

Osvaldo Pastor cree que hoy es posible pasar de la elaboración artesanal y la venta personal a una escala mayor:

-El negocio es hacerlo en bolsitas y venderlo en los kioscos. Con el nombre y la imagen, sería un golazo…

Ahora está empeñado en hacerlo. Sería su homenaje a un personaje único de Buenos Aires:

-Cuando la enfermedad le impidió seguir vendiendo, tenía miedo de que le cortaran las piernas. Yo hablé con el médico y le pedí que no lo amputara, le dije que yo me hacía responsable.

El recuerdo mezcla tristeza y admiración. Y contagia emoción:

– El tipo estaba enloquecido, cada vez que se despertaba se tocaba para ver si tenía las piernas. Quería volver a la calle, con la bolsa… y saltar otra vez por las tribunas. Esa era su vida, lo que lo hacía feliz.

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Source: Infobae
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