El sueño americano de Mr. Trump

Donald Trump en la ONU (AFP)

Donald Trump en la ONU (AFP)

El reciente discurso de Trump ante la Asamblea de las Naciones Unidas es uno de los mejores ejemplos de una característica habitual en los líderes nacionalistas: la ignorancia de la Historia de sus propios países. Como si la nacionalista fuera la única tradición habilitada a hablar en nombre de los Estados Unidos y la guaranguería fuera obligatoria, Trump comenzó su speech con una declaración de guerra contra los anfitriones: “Estados Unidos siempre elegirá la independencia y la cooperación sobre la gobernanza global”, sostuvo en el máximo recinto de la ONU. Haciéndolo, no solo intentó apropiarse del pasado de su país sino también de su futuro. ¿Cómo sabe Trump lo que harán “siempre” los Estados Unidos? ¿No habrá más elecciones libres allí, en lo sucesivo? ¿De dónde sacó que la voz del futuro americano replicará los prejuicios del 45º de sus presidentes? Trump no lo dijo. Tampoco dijo cómo es que se concilian sus afirmaciones con el “E pluribus unum”, lema nacional de su país que recuerda que la diversidad es condición y fundamento de la unidad política.

El pasado de los Estados Unidos, además, desmiente sus dichos: todas y cada una de las instituciones que sustentan hoy alguna forma de gobernanza global surgieron de la iniciativa estadounidense. Fue por idea de su 28º presidente, Woodrow Wilson, que al final de la Primera Guerra fue creada la Sociedad de las Naciones. Y fue su 32º presidente, Franklin D. Roosevelt, quien promovió la creación de las Naciones Unidas, fundadas en San Francisco (California, USA) en 1945; el mismo año en que se crearon el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. En Bretton Woods (New Hampshire, USA) y bajo las líneas fijadas por el delegado estadounidense, Harry Dexter White, quien impuso la opinión e intereses de los Estados Unidos sobre los de los ingleses, representados por Keynes.

No es todo. Los Estados Unidos fueron miembros fundadores e impulsores de la Organización Mundial del Comercio, del G7 y, posteriormente, del G20. Puede argumentarse que todas ellas, incluida la ONU y sus innumerables agencias, son organizaciones confederales que no interfieren con la soberanía nacional absoluta, pero sería faltar a la verdad. Todas, desde el Consejo de Seguridad hasta el G20, toman hoy decisiones sobre comercio, finanzas, seguridad y muchos otros asuntos que tienen escala global y afectan directamente a todas las naciones del mundo, sean o no parte de esas organizaciones y hayan aprobado o no tales decisiones. ¿No sería tiempo, pues, de que las organizaciones internacionales asuman como propios los dos principios políticos que consideramos indiscutibles a nivel nacional; es decir: el federalismo y la democracia? ¿No es tiempo ya de que ambos, federalismo y democracia, superen la escala nacional sobre las que fueron pensados, creados e inaugurados -precisamente: por los Estados Unidos- para ser aplicados a la resolución de las enormes e incumbentes crisis globales?

Así parece pensarlo el intelectual israelí Yuval Harari, quien contestó así las afirmaciones de Trump: “No existe una solución nacional a la guerra nuclear, el cambio climático o la disrupción tecnológica. Todos estos problemas son globales y requieren soluciones globales. Debería ser claro para todos –especialmente, para los políticos – que no se puede construir un muro contra el invierno nuclear o el calentamiento global. Tampoco se pueden regular la inteligencia artificial y la biotecnología sobre bases nacionales porque nadie aceptaría limitar su propio desarrollo si otros países no adoptan reglas similares. La cooperación mundial es, por lo tanto, el primer paso necesario para afrontar con éxito nuestros desafíos como especie”. En cuanto a las soberanías nacionales, Harari es impiadoso: “Ser independiente es una fantasía. Ya no hay países independientes. No importa lo que esté escrito en los documentos”.

Pero los nacionalistas no solo suelen ignorar la Historia de sus países, sino la del mundo. “En América, creemos en la libertad y dignidad del individuo, y en el estado de derecho”, sostuvo Trump. Sin embargo, no ha habido mayores violadores de libertad y dignidad individuales, ni del estado de derecho, que los estados nacionales. Basta mirar la Historia del siglo XX, tan notablemente entretejida con la americana. Cuando el país de Trump entró en la Segunda Guerra Mundial, no lo hizo en defensa de su soberanía ni la de nadie, sino para combatir las violaciones a la dignidad y la libertad de ciudadanos extranjeros por parte de muchos estados nacionales. ¿No aprendió nada el 45º Presidente de todo eso?

“Honro el derecho de todas las naciones a perseguir sus propias costumbres, creencias y tradiciones. Los Estados Unidos no les dirán cómo vivir, trabajar o a quién adorar”, sostiene Trump. Pero no por habitual la asimilación nacionalista entre unidad política y uniformidad cultural debe ser aceptada. Si la diversidad cultural es posible en el interior de un país, ¿por qué no había de serlo en el mundo? ¿Qué impide desarrollar una gobernabilidad mundial federal respetuosa de todas las tradiciones? ¿Acaso el mundo sería mejor o los Estados Unidos más diversos si las trece colonias que se unieron federalmente para formarlo se hubieran mantenido separadas? ¿Acaso les dice el presidente federal, mister Trump, cómo vivir, trabajar o a quién adorar a los 50 estados americanos? ¿O acaso los franceses y alemanes son menos franceses y alemanes desde que se creó la Unión Europea? ¿Y no fueron precisamente líderes nacionalistas como Hitler, Mussolini, Franco, Stalin y muchos otros los que en todo el planeta promovieron la disolución de las especificidades culturales locales en el gran magma nacional, así como el avasallamiento de las diversidades culturales externas mediante la dominación, el imperialismo y la guerra? ¿Quién le ha dado pues el pedestal del respeto a la diversidad al nacionalismo, que ha sido el responsable histórico de los mayores crímenes contra ella?

Siguiendo a su Consejero de Seguridad Nacional, John Bolton, Trump dedicó buena parte de su tiempo a reiterar y amplificar sus anatemas contra la Corte Penal Internacional (CPI). “Los Estados Unidos -sostuvo- no le proporcionarán ningún reconocimiento. La CPI no tiene jurisdicción, ni legitimidad, ni autoridad… [La CPI] reclama una jurisdicción universal sobre los ciudadanos de cada país, violando todos los principios de justicia, equidad y debido proceso“. Pero la Corte Penal Internacional es un tribunal complementario que solo actúa en caso de delitos de lesa humanidad después de que las cortes nacionales hayan tenido oportunidad de hacerlo. ¿Cómo podría violar la justicia, la equidad y el debido proceso? ¿Y no fue el de Trump el mismo argumento esgrimido en 1945 por fascistas y nazis en el caso de los juicios de Tokio y de Nüremberg, durante los cuales 611 criminales de guerra fueron condenados por dos jurados internacionales promovidos y sustentados por los Estados Unidos?

La Corte Penal Internacional es heredera de esa gloriosa tradición, la de los tribunales internacionales de Tokio y Nüremberg. Juzga los mismos crímenes y considera que los delitos de lesa humanidad pueden y deben ser juzgados por tribunales internacionales cuando las justicias nacionales son cómplices o incapaces de hacerlo. Es la misma posición que sostuvieron más recientemente los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad cuando se aprobó la creación de tribunales internacionales para Rwanda y la ex Yugoslavia. ¿Por qué oponerse a su existencia hoy, cuando la actuación de los Estados Unidos y sus aliados es cuestionada? ¿No implica hacerlo la legitimación de un inaceptable doble standard por el cual los funcionarios de algunos países, los más poderosos, pueden juzgar pero no ser juzgados? ¿No va de la mano con la locura de proclamarse nacionalista en el país del melting pot (crisol de razas) al mismo tiempo que se glorifica la construcción de muros anti-inmigratorios? ¿Es este el sueño americano o el sueño de Mr. Trump?

“Dios bendiga a las naciones del mundo”, quiso cerrar amablemente su discurso el gran Donald en la ONU. Pero no acertó, tampoco. La ONU no es una suma de naciones sino un organismo de representación ciudadana. “Nosotros, los pueblos de las Naciones Unidas”, proclama su preámbulo, que calcan el de los Estados Unidos (“We the People of the United States”). ¿En qué consiste, pues, el sueño americano? ¿En el “Make America great again” trumpiano, o en el “E pluribus unum” de su lema? Corría 1933 y un judío alemán presentó un reclamo y pedido de protección contra el régimen nazi. El propio Goebbels se presentó ante la Sociedad de Naciones para dejar imborrablemente grabado en la Historia la consecuencia lógica del principio de las soberanías nacionales absolutas: “Que quede claro -dijo Goebbels- que haremos lo que nos plazca con nuestros opositores, con nuestros comunistas y con nuestros judíos. ¡Cada cual es rey en su casa!”. El resto es historia conocida.

Hoy, nuevamente, la polaridad política definitoria ha dejado de ser Derecha-Izquierda, característica de los tiempos de calma y progreso, para volver a ser la de los tiempos de crisis. Nacionalismo populista vs. Republicanismo cosmopolita. Patriotas versus Globalistas, al decir de Trump y de Harari. En efecto, vivimos en un mundo unificado por la tecnología y la economía pero dividido en casi doscientos estados nacionales “soberanos”. ¿Cómo va a funcionar eso? Desde luego, las instituciones internacionales tienen muchos y feos defectos, cometen innumerables arbitrariedades y son impotentes en la mayoría de los casos; pero ninguna de esas es una buena razón para abolirlas, como tampoco proponemos la abolición de las cortes y los parlamentos nacionales cada vez que un régimen indigno se apodera de ellas. Por el contrario, exigimos que se las respete y se las sostenga como lo que son: instrumentos de los dos principios revolucionarios constitutivos del orden político moderno: el federalismo y la democracia. ¿No sería su ampliación a la escala mundial un homenaje insuperable a la mejor parte de la historia política del país que por primera vez los conjugó juntos: los Estados Unidos?

“Rechazamos la ideología del globalismo y abrazamos la doctrina del patriotismo”, sostuvo Trump en la ONU, definiendo campos y tomando partido. ¿Qué líderes mundiales estarán a la altura de su desafío?

Source: Infobae
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