Nelson Mandela cruzó las puertas de prisión el 11 de febrero de 1990 para internarse en un país que necesitaba desesperadamente una solución a sus problemas ancestrales, problemas que habían causado un daño incalculable. Se hacía una idea del mundo en el que se adentraba al ser puesto en libertad, pero era una visión incompleta y sesgada fruto de noticias censuradas y confidencias filtradas en los últimos tiempos de su condena.

Una vez fuera, lo abstracto se hizo concreto y tangible; el polvo, el ruido y la sangre cobraron realidad. Cada día, durante el proceso de las negociaciones, se codeaba con hombres y mujeres, algunos de los cuales eran mecenas de la carnicería. Le sonreían por deferencia a su edad y por algo inexplicable que despedía un hombre que había sobrevivido incólume al encarcelamiento y en cuyos ojos veían reflejada la barbarie de sus actos. En los ojos de su propio pueblo, él veía el dolor del intento de encontrarle sentido a todo ello.

Uno de los primeros actos de los representantes del pasado fue protagonizado por los generales y responsables de los servicios de seguridad; uno de ellos le entregó a Mandela una carpeta que, según le dijo, contenía los nombres de altos mandos del CNA (el Congreso Nacional Africano, partido en el que militó Mandela) que habían sido agentes del régimen del apartheid.

Mandela echó un vistazo a la carpeta, pero se la devolvió a la fuente. Su visión de una nueva sociedad no se vería maleada por el pasado. Se había dicho a sí mismo que haría partícipe del proyecto a todo el mundo, fueran amigos o enemigos. No había ni tiempo ni recursos que malgastar en cazas de brujas.

Mandela tenía setenta y cinco años cuando se convirtió en el primer presidente de una Sudáfrica democrática. Su mentor, Walter Sisulu, a quien él llamaba con afecto y respeto por su nombre de clan, Xhamela, tenía ochenta y uno; su otro amigo y confidente, Oliver Tambo, que había regresado al país después de tres décadas en el exilio, había fallecido el año anterior. Muchos de sus incondicionales camaradas, algunos de los cuales habían estado con él en la isla de Robben, también habían envejecido y es taba claro que, aun cuando hubieran sobrevivido a la prisión, el reloj seguía marcando las horas.

Tal vez se viera privado del consejo de algunos de sus viejos camaradas, pero le alentaba la certidumbre de que lo respaldaban los millones de sudafricanos que habían votado por primera vez el 26 y 27 de abril de 1994. El rotundo mandato encomendado al CNA le infundió ánimo para capitanear la nación con confianza.

Quería resolver el máximo posible de problemas de Sudáfrica en el poco tiempo del que disponía. En parte ese fue el motivo por el que mantuvo una agenda tan extenuante en el transcurso de su presidencia. No obstante, también reconocía que la prisión había acentuado su capacidad de resistencia y le había enseñado que, dado que no podía controlar el tiempo, necesitaba hacer de él su aliado para que trabajase a su favor.

La prisión, un lugar de castigo, se convirtió, por el contrario, en un espacio donde pudo encontrarse a sí mismo. Un espacio donde poder reflexionar, recrearse en lo único que le aportaba un sentimiento de identidad. Y fue, por supuesto, en prisión donde nació su concepción de la nueva Sudáfrica como nación democrática.

En vista de los millones de elementos móviles que conforman una nación, hacer realidad de manera coherente esa visión sería una tarea de gran envergadura. Lo primero que Mandela hizo fue declarar que su presidencia duraría una sola legislatura. Son escasos los líderes que tienen la generosidad de hacer esto. En la historia abundan los ejemplos de quienes han pretendido ampliar su mandato. Mandela, por el contrario, puso esa condición porque le constaba que contaba con el apoyo de las personas en las que confiaba incondicionalmente, las cuales le guiarían.

Hay un hermoso proverbio isiZulu que reza: Inyathi ibuzwa kwabaphambili (“Quienes hayan caminado por delante de ti, quienes conocen las características del terreno, te dirán si el camino es seguro o si hay un búfalo herido entre la espesura”). Mandela siempre tenía una idea bastante definida del rumbo que quería tomar. No obstante, contaba con dos guías, ambos unos años mayores que él, a quienes acudiría en busca de asesoramiento en empresas peligrosas y arriesgadas: Sisulu y Tambo.

Graça Machel recuerda que cuando se produjo un avance decisivo en las conversaciones iniciales con Kobie Coetsee, portavoz de P. W. Botha, que condujo a la liberación de los presos políticos, Walter Sisulu reprendió a Mandela:

—¿Por qué no planteaste esto antes? —preguntó Sisulu.

—¡Estaba a la espera de tus instrucciones! —contestó Mandela.

Antes de la puesta en libertad de Mandela era a Tambo a quien se mantenía informado de cada movimiento que hacía Mandela en lo concerniente al acuerdo con sus captores. Se mantenía al corriente al CNA en Lusaka aun cuando la distancia y las condiciones del confinamiento dificultaran el intercambio de información sensible —y dieran lugar a posibles jugarretas y malentendidos—. En un momento dado incluso se llegó a rumorear que Mandela se había vendido; fue Oliver Tambo quien contrastó esos rumores.

Esta relación —y la honestidad de Mandela— convencieron al CNA para utilizar la imagen y el icónico estatus de Mandela —a pesar de no ser considerada como persona “a efectos legales”— como imagen de sus campañas internacionales. De ahí que su nombre y las diferentes representaciones de su rostro se convirtieran en sinónimos de la lucha contra el
apartheid. En los campamentos se compusieron canciones de liberación en honor de muy pocos líderes. Cuando Mandela fue puesto en libertad, un buen número de beneficiarios del apartheid que esperaban la caricatura de un sanguinario vengador se encontraron, en vez de eso, a un ejemplo de reconciliación. Esperaban venganza, pues sabían de buena tinta lo que le habían hecho. Pero Mandela no se ajustaba al concepto que tenían de él. Al otro lado del espectro, las fechorías de sus héroes, Botha y su extremista sombra, Eugène Terre’Blanche, de repente parecían inaceptables.

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Líderes mundiales de países a los que ellos admiraban hacían cola a la puerta del ex recluso. Con los ricos y famosos ocurrió de manera similar. Dondequiera que Mandela fuera, dentro o fuera del país, recibía una acogida multitudinaria y era objeto de elogios.

Pero todo el renombre, el estatus de celebridad, iba en servicio del pueblo de Sudáfrica. A pesar de los oropeles, se lograron multitud de cosas. El carisma de Mandela se ponía de manifiesto donde la belicosidad probablemente habría reducido a cenizas Sudáfrica. El ala derechista —incluidos los que opinaban que la guerra civil habría conducido a cierto respeto mutuo entre los beligerantes— estaba armada y tascando el freno. Mandela neutralizó esa facción con rapidez y serenidad. Fue un típico ejemplo de maniobra que debería emularse en otras zonas de conflicto.

¿Podría haber realizado la labor de reconciliación de manera diferente? Tal vez. Las impresiones importan. Cuando la gente te ve con Betsie Verwoerd o P. W. Botha —y el contexto es confuso o el simbolismo se pierde bajo el clamor— posiblemente saque conclusiones precipitadas. Los sudafricanos negros poseen una larga historia de traiciones y necesitaban que se les recordara constantemente que su hijo más brillante no los había abandonado.

Por otro lado —y es preciso señalar esto—, tal vez existieran elementos en el seno del CNA que, con propósitos de cualquier índole, encontraran una razón para sostener que Mandela había perdido el contacto con los ciudadanos de a pie. Esto, por supuesto, era desechado por quienes entendían que el CNA era, como se ha mencionado en reiteradas ocasiones, una amplia congregación. Mandela aspiró, en todo momento, a decir al mundo que no era un mesías, sino un santo que seguía intentándolo.

Source: Infobae
Cómo Mandela logró la reconciliación sudafricana

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